Agricultura Alternativa Durante La Crisis Cubana

Dr. Peter M. Rosset

Co-Director, Food First

Posted: May 7, 2002


Antecedentes

Un dualismo contradictorio marcó a la economía cubana entre la Revolución de 1959 y el colapso de 1989-1990, en lo referente a las relaciones comerciales con sus aliados socialistas. Cuba fue un proveedor de productos agrícolas y minerales básicos para el bloque socialista e importador de productos manufacturados y alimentos. Aunque para los estándares regionales su industrialización fue sustancial, la industria cubana dependía, en buena medida, de los insumos y bienes de capital importados (Pastor 1992).

Desde los años 50’s la agricultura cubana se ha modernizado. Los monocultivos de exportación tuvieron mayor importancia que la producción de alimentos y los métodos de producción dependían ampliamente de los insumos y materias primas importadas. A finales de los 80’s Cuba importaba el 48% de los fertilizantes y el 82% de los plaguicidas (Deere 1992). Además, muchos de los componentes de estos productos agrícolas formulados en este país también eran importados, lo cual intensificaba la dependencia de las importaciones. Sin embargo, a inicios de 1990, las importaciones de plaguicidas y fertilizantes se eliminaron casi por completo.

Durante los 80’s, la Unión Soviética le pagó a Cuba el azúcar a un precio de 5,4 veces mayor en promedio, con respecto al del mercado mundial (Pastor 1992). Debido a los favorables términos de intercambio, la producción de azúcar para la exportación era mucho más importante que la producción de cultivos alimenticios. Con las ganancias de las exportaciones de azúcar, Cuba importaba mayor variedad de alimentos para su población, que la que podía lograr con la producción local. En 1989, dedicó tres veces más tierra al cultivo de azúcar que a los de alimentos y las importaciones eran aproximadamente 57% del total de las calorías de la dieta de los cubanos (Rosset y Benjamin 1994a).

Hasta mediados de los 80’s, las fluctuaciones de los precios internacionales no representaron mayores problemas para Cuba. Los acuerdos comerciales favorables con el bloque socialista, garantizaban los beneficios de las exportaciones agrícolas. Hasta 1991, el comercio cubano con la Unión Soviética representaba el 70% del comercio total mientras que el resto del bloque socialista representó el 15%. Los ingresos obtenidos por concepto de esas exportaciones se utilizaban para comprar agroquímicos, combustible para la agricultura y alimentos para la población, todo a precios razonables (Rosset y Benjamin 1994a, 1994b 1994c).

Después de 1990, la agricultura de monocultivo en Cuba se convirtió en una enorme debilidad. El gobierno había heredado un sistema basado en el cultivo de productos de exportación. La primera reforma agraria de 1959 convirtió a la mayoría de los ranchos ganaderos y de las plantaciones de caña de azúcar en fincas estatales. Durante la segunda reforma agraria en 1962, el Estado tomó el control del 63% de todas las tierras cultivadas (Benjamin et al. 1984). En 1994, aproximadamente el 80% de las tierras agrícolas continuaban siendo fincas estatales, correspondiendo en su mayoría a propiedades pre-revolucionarias.

En ese momento, las grandes extensiones de monocultivo presentaban dos problemas: 1. Las dificultades para controlar las plagas, la falta de fertilizantes químicos y de otras prácticas necesarias para lograr una producción exitosa (Altieri y Rosset 1995), hacían extremadamente vulnerable los cultivos al ataque de plagas (Carroll et al. 1990; Altieri 1987). 2. Separar los cultivos y la ganadería, como hacen los países con agricultura industrializada, representaba un desperdicio de recursos.

En Cuba inclusive antes de la revolución los campesinos eran pocos. Las plantaciones para la exportación dominaban la economía rural y la población se concentraba alrededor de las áreas urbanas. A finales de los 80’s, el 69% de la población de la isla vivía en las ciudades o cerca de ellas (Rosset y Benjamin 1994a). Los campesinos productores poseían el 20% de la tierra agrícola, dividida en partes casi iguales entre los propietarios individuales y las cooperativas; ese 20% de la tierra producía más del 40% de la producción nacional de alimentos (Rosset y Benjamin 1994a). Las fincas del Estado y muchas de las cooperativas usaban sistemas de producción modernos, esto es, grandes extensiones de monocultivos altamente mecanizadas que se basaron en el uso de fertilizantes y plaguicidas químicos y en el riego a gran escala.

A inicios de los 80´s algunos científicos jóvenes del Ministerio de Agricultura y de las universidades cubanas, influenciados por el movimiento ecologista, comenzaron a criticar los métodos agrícolas modernos utilizados por el país (Levins 1991, 1993) por su dependencia de insumos externos y su tendencia a degradar el ambiente provocando, por ejemplo, la resistencia a los plaguicidas y la erosión del suelo. Por lo tanto, comenzaron a reorientar sus investigaciones hacia alternativas no químicas. En 1987, la gran mayoría de las 185 conferencias presentadas en un congreso sobre manejo de plagas celebrado en La Habana, eran resultados exitosos sobre alternativas no químicas, como el uso de hormigas y avispas Trichogramma para el control biológico de insectos plagas (Ministerio de Agricultura 1987). En ese entonces, en Cuba ya se estaban utilizando comercialmente algunos de esos métodos.

Además, los líderes cubanos también se habían desilusionado con el lugar que ocupaba la isla, entre los países socialistas, en la división internacional del trabajo. Consideraban que el desarrollo no podría llegar demasiado lejos si se basaba solamente en la industria liviana y en exportaciones de materias primas agrícolas. Ellos comprendieron que la capacidad tecnológica de los recursos humanos pronto sería el producto más valioso del mundo.

En 1982, la política oficial de investigación comenzó a favorecer esa tendencia y así, durante el resto del decenio invirtieron $12 000 millones en el desarrollo del recurso humano e infraestructura para la biotecnología, ciencias de la salud, tecnología computarizada y robótica. El plan a largo plazo, era convertir a Cuba en una nación proveedora de tecnología, consultorías científicas y de servicios de salud calificados (Rosset y Benjamin 1994a).

La inversión anticipada en un desarrollo tecnológico y en la investigación de alternativas agrícolas, llegó a ser una herramienta decisiva para que Cuba enfrentara su actual desafío agrícola. Mediante la combinación de habilidades en biotecnología y tecnologías alternativas con el conocimiento tradicional del campesino, se están logrando respuestas innovadoras para superar la crisis (Rosset y Benjamin 1994a).  

Asumir el desafio

El esfuerzo del gobierno cubano para transformar la agricultura, pasando de un sistema de altos insumos a un sistema de bajos insumos y prácticas de cultivo autosuficientes, hace énfasis en la sustitución de insumos, la recuperación de suelos, la liberalización de precios y las reformas en el uso de la tierra. Si bien, no se dispone de indicadores al respecto, numerosas entrevistas y observaciones personales muestran que ya a mediados de 1995, la mayoría de los cubanos no se enfrentaban a reducciones drásticas en el suministro básico de alimentos.

En el caso cubano, la sustitución de insumos significó reemplazar los productos químicos por biológicos o de elaboración local: así como de enemigos naturales, variedades resistentes, rotación de cultivos, antagonistas microbianos, cultivos de cobertura y la integración de animales de pastoreo para restaurar la fertilidad del suelo. Los fertilizantes químicos han sido sustituidos por fertilizantes biológicos (productos microbiales), lombrices y abonos verdes, fertilizantes orgánicos, roca fosfórica, zeolita, estiércoles, y otros mejoradores del suelo (Ministerio de Agricultura 1995; Vázquez Vega et al. 1995; Rosset y Benjamin 1994a; Dlott et al. 1993; Gesper et al. 1993; Shishkoff 1993). Con algunos resultados favorables, los bueyes y otros animales de tracción han reemplazado a los tractores inmovilizados por la falta de combustible, llantas y repuestos (Rosset y Benjamin 1994a; Rosset 1994).

El segundo gran esfuerzo se ha dirigido a restablecer las tierras dañadas por el uso intensivo de maquinaria y productos químicos durante la Revolución (Rosset y Benjamin 1994a; Gesper et al. 1993). Se iniciaron acciones para restaurar la estructura y fertilidad del suelo por medio de la labranza de conservación, la nivelación del suelo, los cultivos de cobertura, la incorporación de biomasa y biosuelos (suelos preinoculados con microorganismos benéficos) que se agregan al campo antes de la siembra. Aunque se están acelerando estos esfuerzos, probablemente aún no han tenido oportunidad de provocar gran impacto.  

Nuevas tecnologías

El programa de control biológico de Cuba, basado en parasitoides reproducidos en forma masiva, comenzó mucho tiempo antes que la crisis agrícola. El programa exitoso más antiguo se remonta a 1928, e incluía el uso de la mosca Lixophaga diatraeae (Tachinidae) en casi todas las áreas de cultivo de caña de azúcar, para controlar al depredador de la caña (Diatraea saccharalis) (Rosset y Benjamin 1994a). A inicios de los años 80, se liberaron avispas parasitoides del género Trichogramma, para controlar plagas de leptidópteros (principalmente Mocis latipes) en pastos mejorados. Posteriormente, se utilizó Trichogramma para controlar Heliothis spp. en el tabaco y el tomate, así como también plagas de la yuca, entre otros cultivos.

Otro éxito de este tipo de control se logró en camote (Ipomoea batata), alimento básico en la dieta cubana. En este cultivo la liberación de hormigas depredadoras (Pheidole megacephala) para controlar el picudo del camote (Cylas formicarius) logró una tasa de eficacia del 99%. Con ello, los costos de producción disminuyeron y hubo un incremento en los rendimientos, mayor que el obtenido con control químico (Castiñeiras et al. 1982). Como resultado, el Ministerio de Agricultura eliminó todos los insecticidas químicos de las plantaciones de camote y, para utilizar otros plaguicidas químicos para el control de plagas en este cultivo, se debe obtener un permiso de esta entidad. Las aplicaciones más recientes, de este tipo de tecnología incluyen los insecticidas biológicos como Bacillus thuringiensis y Beauveria bassiana. El control biológico también ha sido empleado para controlar el picudo negro del plátano (Cosmopolites sordidus) utilizando P. megacephala y Tetramorium guineense (Dlott et al. 1993).

En la actualidad, Cuba tiene un liderazgo internacional en la producción y uso de entomopatógenos. Se han desarrollado técnicas para la producción, recolección, formulación, aplicación y control de calidad de bacterias y hongos utilizados en el control biológico de plagas (Díaz 1995; Rosset y Benjamín 1994a; Dlott et al. 1993). Por ejemplo, B. thuringiensis es eficaz para el combate de muchos lepidópteros plaga, que atacan gran cantidad de cultivos como pastos mejorados, crucíferas, tabaco, maíz, yuca, chayote y tomate, así como también contra larvas de mosquitos que provocan enfermedades humanas. Además se han evaluado bacterias para el control de la mosca blanca (Bemisia tabaci). El hongo B. bassiana ha mostrado potencial para el combate de coleópteros plaga como los gorgojos del camote (Euscepes postfasciatus) y plátano (C. cosmopolites).

El primer plaguicida biológico comercial producido en Cuba fue B. thuringiensis, también producido por grandes empresas y disponible comercialmente como Dipel, Thuricide, Bactospeine y Javelin. El segundo plaguicida de este tipo, utilizado a gran escala en Cuba es B. bassiana, que se encuentra en el mercado internacional como Boverin.

La producción comercial de plaguicidas biológicos en Cuba entre 1993 y 1994 se presenta en el Cuadro 1. Sin embargo, en la literatura cubana se encuentran contradicciones sobre los niveles de producción de estos productos. Mientras Díaz (1995) cita una producción nacional de B. thuringiensis de 1312 toneladas en 1994, Pérez et al. (1995) reportaron para el mismo año una producción de 98 9300 toneladas. Obtener cifras resulta muy difícil, debido a la renuencia del gobierno cubano a proporcionarlas y a la reducción de compilaciones de datos y publicaciones posteriores a la crisis.

CUADRO 1. Producción nacional en toneladas de plaguicidas biológicos en Cuba. 1993-1994.


Agentes
de control biológico
color="#800000"> producción (ton)

ALIGN="CENTER">1993

ALIGN="CENTER">1994
Control de
insectos
Bacillus
thuringiensis

ALIGN="CENTER">1381

ALIGN="CENTER">1312
Beauveria
bassiana

ALIGN="CENTER">718

ALIGN="CENTER">781
Verticillium
leucanii

ALIGN="CENTER">191

ALIGN="CENTER">196
Metarhizium
anisopliae

ALIGN="CENTER">120

ALIGN="CENTER">142
Control de
patógenos
Trichoderma spp.
ALIGN="CENTER">2708

ALIGN="CENTER">2842
Control de
nematodos
Paecilomyces
lilacinus

ALIGN="CENTER">141

ALIGN="CENTER">173

Cuba también produce el hongo Paecilomyces lilacinus que parasita a Meloidogyne spp. Otro hongo que se produce es Trichoderma spp. (Cuadro 1), el cual ha sido muy utilizado como antagonista de patógenos del suelo, especialmente, de los que atacan semilleros de tabaco recién trasplantados (Díaz 1995; Shishkoff 1993). Es importante resaltar que en Cuba no se utiliza bromuro de metilo para fumigar el suelo en viveros de tabaco.  

Producción de agentes para control biológico

La producción artesanal descentralizada de agentes de control biológico se realiza en los Centros de Producción de Entomófagos y Entomopatógenos (CREE) que son los principales entes encargados de las acciones actuales de manejo integrado de plagas en Cuba (Rosset y Benjamin 1994a; Dlott et al. 1993). A pesar de que su producción se considera artesanal, los CREE utilizan alta tecnología. A finales de 1994 se habían construido 222 CREE en todo el país, para proveer servicios a las antiguas fincas estatales, cooperativas y fincas privadas (Pérez et al. 1995).

Cada CREE produce una cantidad específica de entomopatógenos y de una o más especies de Trichogramma, dependiendo de los cultivos que se producen localmente. Estos centros son operados y mantenidos por técnicos locales que tienen grado universitario, o dos años de capacitación parauniversitaria o diploma de enseñanza secundaria. Un típico CREE produce B. thuringiensis, B. bassiana, M. anisopliae y V. leucanii. Algunos CREE han producido y liberado Trichogramma spp. para controlar Erinnyis ello; además, muchos de ellos también elaboran fertilizantes biológicos.

Cada CREE emplea cuatro técnicos con grado universitario, cuatro técnicos de nivel medio y siete egresados de secundaria, todos ellos hijos de integrantes de la cooperativa local. Este es uno de los pocos casos en el mundo, en el cual los hijos e hijas de campesinos elaboran productos biotecnológicos para uso local.

Muchas cooperativas recibieron préstamos bancarios, a plazos de 10 años, para construir y equipar los CREE. Estos centros funcionan en casas, donde las habitaciones sirven como laboratorios de microbiología esterilizados y cuentan con 12 o más autoclaves para la esterilización del equipo. El centro entrega sus productos a la cooperativa y los vende a los agricultores vecinos y a las fincas estatales. Las ganancias obtenidas permiten cubrir los salarios y cancelar el crédito (Rosset y Benjamin 1994a).

Los CREE son uno de los dos tipos de entes productores de plaguicidas biológicos en Cuba (Rosset y Benjamin 1994a; Dlott et al. 1993). El otro tipo es la red de fábricas de levadura de cerveza, que cuando no producen cerveza, dedican sus recursos a la fabricación de plaguicidas biológicos para suplir producto al mercado final, a las fincas estatales y a las grandes cooperativas que exportan estos plaguicidas

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